Antonio Cafiero, 100 años: hacer historia

Dante Sica

“¿Qué es lo que tenemos que hacer para reconstruir un peronismo victorioso?”, se preguntaba Antonio Cafiero en el prólogo de un libro que analizaba la derrota del justicialismo en las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 1983.[1] El histórico político peronista entrevió esa derrota, a punto de producirse, en una carta que envió a su compañero Darío Alessandro.

Antes, el lunes 22 de agosto de 1983, los dirigentes justicialistas más relevantes del momento se reunieron para definir las fórmulas del frente liderado por el peronismo en aquellas elecciones. Lorenzo Miguel, Ítalo Luder, Deolindo Bittel y Herminio Iglesias, además de Antonio Cafiero, participaron de esa partida en una sala reservada del teatro Lola Membrives de Carlos Spadone. También estuvieron los Pedrini. En el encuentro se pusieron en juego las candidaturas a presidente de la Nación y a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Antonio Cafiero era un aspirante de lujo para una u otra. Casi una garantía de victoria. Ese día de agosto, durante el encuentro, primero se definió –con Lorenzo como gran elector– la candidatura a presidente y vice. No sin disputas, y después de algunas defecciones, quedaron Luder y Bittel como candidatos. Luego intentaron definir el candidato a gobernador. Fue más difícil. Herminio no quiso quedar fuera. Se resistió hasta con amenazas, y dejó que la partida se resolviera en el Congreso Provincial del PJ que iba a realizarse unos días después en el Polideportivo del Club Gimnasia y Esgrima de La Plata. En ese cónclave partidario a Antonio Cafiero la suerte política le fue esquiva. El sindicalista de Avellaneda se quedó con la candidatura y los votos de los delegados provinciales al cónclave nacional fueron para los candidatos nominados en la reunión del Teatro Lola Membrives. La derrota electoral en Nación y provincia de Buenos Aires estaba anunciada aún antes de que se produjera la quema del cajón con la sigla UCR en el acto final en la 9 de julio. Si bien el peronismo ganó en varias provincias, perdió las elecciones a presidente y a gobernador de Buenos Aires. Era el principio de la Renovación Peronista.

Antonio Cafiero, veterano de varias batallas, encarcelado por la autotitulada “revolución libertadora”; participante de la mítica Resistencia, allegado al sindicato metalúrgico de entonces; investigado por Videla por ser parte en 1974 de la intervención federal a Mendoza, sin que le fuera hallado cargo alguno. Antonio siempre supo que la vida política –a menudo áspera– y la función pública –siempre desagradecida– suelen dar revancha. Suelen hacer lugar a la reparación. El ya veterano líder se puso la mochila peronista al hombro y salió, con otros compañeros y compañeras, a recuperar al movimiento. Entonces fue cuando se hizo aquella pregunta. Fue difícil. Como dice la revista Unidos en un trabajo que analiza el período, “la ortodoxia que había llevado a la derrota resistió durante al menos dos años en la conducción del partido”. Para ir resolviendo el interrogante, se reunió a fines de 1984 con compañeros y compañeras que habían sido parte del Movimiento de Unidad, Solidaridad y Organización (MUSO): Roberto García, Miguel Unamuno y el mencionado Deolindo Bittel, y con Carlos Grosso de Convocatoria Peronista, José De la Sota, Carlos Menem y Eduardo Duhalde, entre otros, constituyeron el Frente Renovador Peronista. Una agrupación con matices diversos, a juzgar por la trayectoria posterior de cada uno de los nombrados. Pero la unión era la táctica política que necesitaba el peronismo.

En la provincia de Buenos Aires la corriente renovadora se animó a presentar lista propia a las elecciones de noviembre de 1985, desoyendo las amenazas del Partido Justicialista –digamos– oficial, que a esta altura ya había expulsado de sus filas a Cafiero y a Duhalde. El Frente de Renovación para la Justicia, la Democracia y la Participación (FREJUDEPA) salió segundo, detrás de la UCR, en el escrutinio provincial, triplicando los votos del sector oficial del PJ y relegándolo al tercer puesto. Tras ese resultado, Cafiero asumió como diputado nacional por la provincia e inició el camino hacia la gobernación.

En las elecciones internas del PJ bonaerense de noviembre de 1986 la lista de Antonio Cafiero obtuvo una amplia mayoría de congresales provinciales y un alto porcentaje de congresales nacionales. Se aseguró la presidencia del PJ provincial después de aquella expulsión, y la candidatura a gobernador para las elecciones de setiembre de 1987. Las ganó con el 46,4% de los votos llevando de compañero de fórmula a Luis Macaya, un hábil armador político de la provincia. Cafiero y Macaya asumieron el 11 de diciembre de 1987. Fue el retorno del peronismo victorioso en la provincia.

En su discurso de asunción, el gobernador se proponía implementar durante su gobierno una “política de desarrollo autónomo y crecimiento”; reformular la coparticipación federal; descentralizar la administración tributaria; estimular la participación popular; y –lo que finalmente fue una lamentable derrota inmerecida– reformar la constitución provincial que había sido sancionada durante los gobiernos conservadores de la década del 30.

Eran otros tiempos. Otra provincia, otra república, otra renovación y, sobre todo, otros líderes.

[1] Escribí este texto hace unos años junto a mi amigo Ernesto Albariño. Deseábamos dejar testimonio de un capítulo de la historia que compartimos con nuestro querido Antonio Cafiero. A ocho años de su fallecimiento, recuerdo gran cantidad de vivencias que hoy son hechos que marcaron a nuestro país. “El que sueña solo, sólo sueña. El que sueña con otros hace la historia”, decía. Como un gran líder, Antonio soñó con muchos e hizo la historia.

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